Los Rolling Stones en Cuba

A las 20.35 hora local Mick Jagger salió al escenario interpretando “Jumpin Jack Flash”, vestido con pantalón negro, camisa vino y chaqueta multicolor, ante una multitud delirante, que se enardeció después con “It’s omly Rock n’roll”. Cientos de miles de personas acudieron a la Ciudad Deportiva para un show gratuito y al aire libre, que ya recibió toda clase de superlativos: “histórico”, “desmesurado”, “único”… y una certeza: será el concierto más complejo jamás visto en la isla. Grupos de fanáticos con camisetas negras estampadas con la imagen de la banda británica pasaron la noche en carpas o durmiendo en las aceras a la espera del inicio del espectáculo. Un fuerte dispositivo de seguridad policial garantizó la tranquilidad del concierto, donde rigió una prohibición de ingerir bebidas alcohólicas. Tres días después de la también histórica visita a Cuba del presidente estadounidense Barack Obama, la banda británica, que cierra en la isla su gira “América Latina Olé”, hará vibrar a golpe de decibelios la Ciudad Deportiva, inaugurada antes de la revolución de Fidel Castro en 1959. El país de la salsa, la trova y el son se preparó durante semanas para que sus “majestades satánicas” tocaran el Viernes Santo con un escenario de 80 metros de largo y 10 pantallas gigantes. Los Rolling Stones sellarán a lo grande la reconciliación de Cuba con el rock. Un equipo ultramoderno de 1.300 kw y ocho repetidores de audio hacen que hasta los vecinos del lugar sientan la música en sus casas. Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Ronnie Wood aterrizaron el jueves en la isla y prometieron un espectáculo especial. “Hola Cuba”, escribieron en su cuenta de Twitter. Nunca hubo un decreto que prohibiera explícitamente el rock, pero la música “del enemigo” fue prohibida durante años por el régimen de Fidel Castro. Imitar la vestimenta o la melena de los ídolos era considerado un “problema idelógico”. Los cubanos recuerdan cómo en esa época escuchaban a los Beatles o a los Rolling Stones en la intimidad de sus cuartos en placas metálicas en forma de vinilos o cintas magnetofónicas que intercambiaban a escondidas. “El rock and roll se asociaba al pelo largo, a las drogas, a ese tipo de ropa, era mal visto. Y se vinculaba con Estados Unidos, no importaba si la música venía de Gran Bretaña o de Australia, era en inglés y por tanto era malo”, recuerda Eddie Escobar, de 45 años y fundador del Submarino Amarillo, uno de los pocos bares de la capital cubana dedicados al rock. A partir de los años 80, este género musical comenzó a ser tolerado hasta que logró imponerse en los medios del Estado. Algunos artistas estadounidenses fueron entonces autorizados a pasarse en la isla. Pero el arribo de los Rolling Stones supera con creces cualquier precedente, por la importancia de la banda y la concurrencia esperada. En 1979, después de la distensión orquestada por los presidentes Fidel Castro y Jimmy Carter, Billy Joel y Kris Kristofferson hicieron historia en el Festival Havana Jam, pero aquellos tres días de conciertos quedaron reservados a los interiores del teatro Karl Marx (5.000 butacas) y fueron por invitación. En 2005, el grupo estadounidense Audioslave, compuesto por miembros de las bandas “grunge” Soundgarden y Rage Against The Machine, congregaron a varias decenas de miles de personas en la “Tribuna Antiimperialista”, ubicada al lado de la actual embajada de Estados Unidos en La Habana. Cuatro años después, en esa misma plaza, Kool and The Gang puso a bailar a cientos de miles de cubanos con un concierto excepcional.
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